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La historia de Manuel Youshimat en Los Ángeles 84 y el heroe sin medalla

El 3 de agosto de 1984, Manuel se levantó antes de las ocho de la mañana tras un sueño largo y reparador. Desayunó a las ocho y media, luego preparó sus zapatillas, guantes y casco para la final olímpica de la prueba por puntos que le habían dicho era a las tres de la tarde.Al volver encontró al entrenador del equipo mexicano esperándolo, “tu carrera no es a las tres, es a la una” le dijo. Eran las 11:35, todavía debía ir por sus cosas, alistarse y el recorrido al velodromo era de al menos una hora en el transporte del comité organizador. Mientras Manuel recogió sus cosas, el entrenador buscó que una camioneta de la delegacipon mexicana los llevara. No hubo manera.

¿Do you speak spanish?…–¡Cómo demonios no, paisas!… Nomás díganme pa’ qué soy bueno. –¡Abra su cajuela, por favor, pero de prisa!, –demandan ellos. –Meten como pueden la bicicleta en el portaequipaje…Arrojan varios bultos sobre los asientos, el pasajero más joven ocupa el espacio trasero.

–¡Ahora vámonos, pero de volada, al Velódromo Olímpico!…

Ruge el poderoso motor de ocho cilindros en cuanto José Antonio (Taxista) hunde el pie en el acelerador. –Tenemos que estar allí antes de la una… ¿Llegaremos?, –pregunta el joven. Mira José Antonio su reloj.

–Uta, paisa… Son las 12:35 y el velódromo está en la ciudad de Carson… La cosa va a estar un poco bronca… ¡Pero ahí estaremos antes de la una!. El taxista enfila el Chevrolet Montecarlo hacia el Harbor Freeway. Como va hacia el sur, entra por Santa Bárbara. Toma el carril del centro y empieza a dejar atrás a los demás vehículos.

José Antonio precipita el automóvil amarillo por la 190, después gira hacia la derecha para tomar Avalon. Al llegar a Victoria da vuelta a la izquierda y allá, a lo lejos, se ven ya las instalaciones de la California State University, en Domínguez Hills y su ondulado Velódromo Olímpico. Brama el Montecarlo cuando es ferozmente lanzado a su alcance. Cierra los ojos Youshimatz. Resopla. 12:54. Con un frenazo detiene José Antonio la veloz marcha del vehículo. Derrapa el Montecarlo a las puertas del velódromo. Todo mundo baja corriendo. Manuel se pone las zapatillas y se ajusta el casco, así a toda prisa. Entre Téllez y José Antonio bajan la bicicleta. –¿Cuánto te debemos?, –pregunta Téllez y nerviosamente hurga en sus bolsillos mientras, con la bicicleta al hombro, Youshimatz corre hacia el túnel de la entrada.

–¿Qué importa, paisa?… ¡Córrele, no pierdas tiempo! Ya me pagarán algún día. Téllez lo abraza emocionado y corre también hacia el túnel. Se detiene al llegar a la negra bocaza del pasadizo y grita al sonorense: –¡Si no hubiera sido por ti, mi hermano!… –¡Suerte, mucha suerte!, –exclama José Antonio. –Por el radio voy a seguir la carrera 13:00 horas. Se da el banderazo de salida. El joven de los anteojos comienza el rítmico pedaleo. Están enrojecidas sus mejillas; enormes gotas de sudor desci|enden por su frente.

Poco más de una hora después, ya está Youshimatz en el podio;con una medalla de bronce reluciendo sobre su pecho y con un sombrero de charro que reemplaza el casco de competencia, mientras la bandera mexicana flamea en uno de los mástiles.

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